se traducen los nombres propios

¿ Se traducen los nombres propios?

12/02/2017 Blog

A muchos les sucede que a la hora de enfrentarse a la traducción de un texto le surgen dudas en aspectos aparentemente tan sencillos como la traducción de los nombres propios. ¿Se traducen los nombres propios? En este post te vamos a resolver todas las dudas.

¿Cómo saber si se traducen los nombres propios?

Al hablar de nombres propios podemos referirnos a nombres de personas, lugares, empresas, productos y un largo etc. Y no en todos los casos se actúa de la misma manera.

A modo general, la norma indica que los nombres propios no se traducen. Sin embargo, como toda norma, tiene sus excepciones. El nombre de una persona no se traduce pues es invariable, aunque exista el mismo nombre en distintas lenguas, pero sí que podemos encontrarnos casos, como el de los asiáticos, que suelen adaptar o tomar un nombre occidental, para facilitar su pronunciación y recuerdo a los que no somos hablantes de su idioma.

Antiguamente, en las obras literarias era habitual que se tradujeran o adaptaran los nombres, quizás más por dificultades de pronunciación de los hablantes que por otra cosa (como ejemplifica perfectamente el caso de Kirk Douglas y su hijo Michael).

Lo mismo sucede con los nombres de empresas y productos, que son únicos, y pueden incluir información adicional, como puede ser la forma jurídica de la empresa en su país. Depende de la empresa en cuestión constituir una empresa local, o decidir cuál es el nombre con el que comercializarán cada producto en nuestro mercado, generalmente haciendo estudios exhaustivos sobre las posibles connotaciones o repercusiones de los nombres antes de su introducción. Puede suceder que el nombre registrado en un país no esté disponible para uso en nuestro país, o viceversa. Por eso a la hora de traducir es necesario que el propietario del producto nos indique si existe la traducción y cuál es.

Otro caso muy peculiar es el de los nombres de lugares, regiones y accidentes geográficos. De nuevo, la norma es no traducir los nombres, pues son nombres propios y designan algo único, en este caso, un lugar.

En castellano, sin embargo, nos encontramos que existen traducciones para topónimos de otros países, que en la jerga lingüística se denominan exónimos (es decir, denominación en nuestra lengua de un topónimo extranjero) y así encontramos que London es Londres en castellano, o que Den Haag es La Haya, o que hay una ciudad que se llama Boloña con ñ española en medio de Italia. Otro caso simpático es Nueva York, donde se encuentra Long Island, que no Isla Larga. Y precisamente ahí radica su dificultad, en saber cuándo se traducen estos topónimos y cuándo no.

Tenemos que tratar a los exónimos como nombres propios, pues designan algo único, y por lo tanto, al igual que sucede con los productos comercializados o las empresas, se trata de saber si existe en nuestro idioma una “adaptación” al término extranjero, pues si existe, es este término el que hay que utilizar, y no el nombre en el idioma original.

No nos consta que haya un registro de marcas y patentes, ni un registro de denominaciones sociales que determine en este caso cuál es el término utilizado en castellano, sino que se trata más bien del uso, y de la relación histórica con esos lugares. Cuanta más relación haya existido entre nuestro país y ese lugar, y cuánto más antigua sea esta relación, más fácil es que exista el exónimo para ella. Así es habitual encontrarlos en las ciudades y regiones que formaron parte alguna vez del Reino de España, o con las que existía un comercio intensivo o enconadas contiendas.

Es muy interesante consultar la amplísima lista de exónimos que recoge Wikipedia, donde se puede verificar la magnitud histórica de las relaciones entre España con Francia, Alemania o Italia